El robo en Montemorelos de una campana de iglesia ocurrido en la víspera del Día de la Virgen de Guadalupe volvió a colocar el tema de la inseguridad en el centro de la conversación pública. El hecho, captado por cámaras vecinales, ocurrió sin intervención de autoridades. Para muchos habitantes, el caso refleja una realidad que contrasta con el discurso oficial del gobierno estatal encabezado por Samuel García.
Una Madrugada Sin Vigilancia En Los Arroyos
La escena ocurrió en silencio. Durante la madrugada del viernes, un sujeto sustrajo la campana de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, ubicada en la comunidad de Los Arroyos, en Montemorelos. Eran cerca de las 04:20 horas cuando las cámaras de vecinos captaron el momento.
El robo se cometió sin prisa y sin obstáculos. No hubo patrullas, rondines ni presencia policial en la zona. El hecho pasó desapercibido hasta que los habitantes revisaron las grabaciones. Para entonces, el daño ya estaba hecho.
El templo se encontraba en plena preparación para las celebraciones guadalupanas. La campana robada tenía décadas en el lugar y era considerada un símbolo para la comunidad. Su ausencia no solo representó una pérdida material, sino un golpe directo a la identidad local.

Robo En Montemorelos Desata Indignación Comunitaria
Tras conocerse el hecho, vecinos y feligreses expresaron molestia y preocupación. Para ellos, el robo no es un caso aislado, sino parte de un contexto más amplio de inseguridad que se ha normalizado en distintos municipios de Nuevo León.
El robo en Montemorelos generó llamados públicos para recuperar la campana y devolverla a su sitio. Sin embargo, también abrió una discusión más profunda: la falta de vigilancia en comunidades que antes se consideraban tranquilas.
Montemorelos había sido percibido como un municipio con menor incidencia delictiva. No obstante, hechos recientes han cambiado esa percepción. Robos, asaltos y delitos patrimoniales comienzan a ser más frecuentes, sin que exista una respuesta clara por parte del estado.
La ausencia de información oficial inmediata sobre el caso reforzó la sensación de abandono. Hasta ahora, no se ha informado sobre personas detenidas ni avances relevantes en la investigación.
Inseguridad Que Contrasta Con El Discurso Oficial
El gobierno estatal ha insistido en que los delitos van a la baja. Sin embargo, situaciones como esta ponen en duda esa narrativa. Para la ciudadanía, la inseguridad no se mide solo en estadísticas, sino en hechos cotidianos que afectan directamente su entorno.
El nombre de Samuel García aparece de forma recurrente en la conversación pública. No como protagonista del robo, sino como responsable de una estrategia de seguridad que, según la percepción ciudadana, no está dando resultados visibles.
El hecho de que un templo religioso sea vulnerado refuerza esa crítica. Para muchos, si ni los espacios de fe están protegidos, el resto de los espacios públicos quedan en la misma condición de riesgo.
Además, el robo ocurrió en una fecha sensible. El 12 de diciembre moviliza a miles de personas en Nuevo León. La falta de vigilancia en este contexto genera dudas sobre la capacidad del estado para garantizar seguridad durante eventos de alta concentración social.

Cuando La Fe Choca Con La Realidad Del Delito
La campana robada no solo llamaba a misa. Marcaba momentos importantes de la vida comunitaria. Su ausencia dejó un vacío simbólico que va más allá del objeto físico.
El caso de Montemorelos se suma a otros episodios que han erosionado la confianza ciudadana. La percepción de inseguridad crece mientras los discursos oficiales se mantienen optimistas. Esa brecha entre narrativa y realidad alimenta el descontento social.
Habitantes Temen Inseguridad
Para los habitantes de Los Arroyos, el mensaje es claro. La inseguridad ya no distingue entre zonas urbanas o rurales, ni entre espacios públicos o religiosos. La prevención, aseguran, simplemente no llegó.
Mientras tanto, la comunidad sigue esperando respuestas. No solo la recuperación de la campana, sino acciones concretas que eviten que hechos similares se repitan. Porque cuando el delito alcanza incluso a los templos, la pregunta es inevitable: ¿qué sigue?
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